Es desde hace poco tiempo que encuentro en el piso de madera del estudio un lugar en el que disfrutarme. Antes no conocía los perfectos círculos de vapor que deja una taza de té sobre el suelo ni los circulitos rojos en mis codos cuando me acuesto en él a escribir.
Hay libros de poesía apilados en un banquito sobre revistas de diseño que ahora sólo uso para recortar hojas y envolver regalos. Los libros sí, los leo a la tarde cuando ya no da el sol en el balcón. Rara vez leo más de cinco páginas, porque con la poesía nos llevamos así, coqueteamos despacito.
Cuando me voy del balcón ya es de noche y ahí me gusta ventilar la casa. Abro las ventanas de postigones y pienso cada vez "que hermoso, siempre quise vivir en una casa con ventanas de postigones". Los abro y cierro muchas veces al día, según el viento, el sol, el ruido, los vecinos en la vereda, las tardes con sahumerio, las noches con amor.
Entonces levanto las tazas de té, algún vaso de vino siempre rajado, las poesías, mi diario. Ordeno todo prolijamente. Espero que llegue alguien (siempre está por llegar alguien a esta casa), cocino unas papas de mis preferidas y salgo al balcón.
A veces aparece el gato y se roba las miradas. Es negro y distante, tiene cierto aspecto insolente pero dulce e independiente que lo hace particular. Mientras lo acaricio hago un recuento rápido de las ideas que deshice y puse de cabeza en este mismo balcón. Armé, desarmé y sigo desarmando el amor en sus tonos de amarillo, por ejemplo. Ha llegado un punto en el que es un enjambre que tejo y destejo con la paciencia y el placer de la soledad. Aprendí que soy la miel que yo puedo lamer cuando brota de los cortes que me hice sin querer con alambre de púa. Soy esa miel, la lengua, el alambre, el campo, la ciudad, el miedo y el coraje, y encuentro un lugar entre estas paredes y su paleta de tonos pastel. Soy la luz que entra por la cocina a la mañana y el aire que dejo pasar por los postigones. Soy las ventanas y las estaciones. De tanto ir hacia adentro lo entendí: De tanto ir hacia adentro ahora lo entendí: Soy una casa que construyo para mí.
Giulana Santoli

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